19 de febrero de 2009

Libertad


Sé que muchos no pensaréis igual, que a veces veis a esos que corren por las calles como unos chalados, pero una de las grandes ventajas de correr es que le permite a uno sentirse libre.

Aunque sea a costa de sacrificios, de ausentarte, de pegarse madrugones, de cenar a deshoras, de trotar en plena nevada a bajo cero con los mocos helados, de llenarse de barro los pies cuando caen chuzos de punta o terminar perdido en un pitañar y corriendo más de lo previsto.

Quizá sea una libertad virtual, engañosa, un poco viciada y limitada por las cortapisas que marca por la sociedad en la que vivimos, pero no por eso deja de ser muy atractiva la posibilidad de alejarse de las manadas, de los rebaños, de las recuas que el correr te brinda.

Es un ejercicio de individualismo.

Sí, seguro que me contestáis que ni tanto ni tan calvo, que todos formamos parte, queramos o no, en alguna ocasión de la masa y nuestro comportamiento es el de miles o millones.

Diréis incluso que las carreras populares o maratones en las que participan los papis podrían considerarse un evento multitudinario, masificado, en el que todos los participantes hacen lo mismo.

De acuerdo, pero al fin y al cabo es preferible ser parte de esa "manada" que de otras más adocenadas, que viven al dictado de lo que otros les marcan.

A aquel que corre nadie podrá nunca arrebatarle la sensación de que cuando lo hace, corre por donde quiere, a la hora que quiere y como quiere.

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