Me han venido a la mente dos imágenes.
La primera es una escena de la primera temporada de la serie de televisión Roma: en el mercado de esclavos el grupo propiedad de uno de los protagonistas enferma y muere, tan sólo sobrevive un niño de corta edad que no se separa del cadáver, no precisamente reciente, de su madre.
La otra no está protagonizada por humanos: consiste en uno de esos casos terribles de maltrato animal que cada poco protagonizan portadas.
Sucedió hace más de dos años: un cachorro de menos de dos meses defendía el cadáver de su madre, tendido en medio de un camino de Zamora. La madre, que aparentemente llevaba un día muerta, había sido estrangulada y su cachorro gruñía a las personas que se le acercaban, intentando atacarles.

No puedo evitarlo, me conmueve el vínculo que existe entre madres y sus hijos pequeños.
Y sobre todo me conmueve comprobar como ellos, siendo tan bebés, inconscientemente saben que son dependientes de su madre, hasta el punto de que les va la vida en ese nexo de unión.
Así ha sido durante miles de generaciones pasadas.
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